¿CÓMO ESTÁN USTEDES?

Bieeeeeeeeeeeeeen….???

En realidad, “not very well“, como dice Peppa Pig en uno de sus capítulos.

No sé si será la proximidad de la primavera, que dicen la sangre altera, pero mi grupo de amigas y yo misma andamos revueltas y sobre todo, exhaustas. Cada cual tiene su historia, pero entre nosotras existe un hilo conductor que puede que explique muchas cosas. Todas tenemos en torno a los cuarenta. Todas somos hijas y la excepción es no ser también madre. Y trabajadoras, además de hacerlo dentro, laboramos fuera de casa. Es decir: metemos en el cóctel hacer las camas, pensar el menú de mañana, los mocos un hijo, la crisis de identidad del otro, la operación del abuelo, la depresión de la abuela, las horas de elaboración del nuevo proyecto, la avería del coche, la ciática que tira, las hormonas que fluctúan, la amiga que se divorcia, el tiempo que se pone gris, la falta de kikis, un sueño terrible…y no te pongas a ver con todo esto el telediario. Lloras seguro.

Pues es que como para no estar revueltas y exhaustas. Somos la generación “bocadillo”, que no acabamos de criar a los hijos, que ya tenemos que ocuparnos de los padres, que en lugar de conciliar, nos echamos en la mochila la responsabilidad de la casa, los niños, el deseo y la necesidad de un trabajo que nos empodere y dignifique, y que no bastándonos con esto, queremos responder a unos cánones de belleza y de felicidad estandarizados que responden a tener cuarenta años pero la cara de treinta y el cuerpo de veinte, viajar al menos una vez al año a un sitio interesante, running al menos tres veces por semana, juerga con los amigos al menos un sábado de cada seis, libro con sentido en la mesita de noche…y en los ratos libres hacer cupcakes.

Esto cansa mucho. Pero mucho, mucho. Física y mentalmente.

Pienso cuando era una niña, y veía a los payasos. “¿Cómo están ustedes?”. Y yo respondía “bieeeeeeeeeeen”. Y lo estaba. Mi energía se concentraba en gritar todo lo fuerte que pudiera en ese momento.

Quizá sea más fácil de lo que pensamos estar bien. Quizá sólo sea necesario decidir en qué queremos concentrar nuestra energía. Y hacerlo.

¿Cómo están ustedes? ¿Cómo estás tú?

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LAS TRES PODEROSAS CLAVES PARA LA FELICIDAD DE TUS HIJOS

Últimamente está muy de moda esto de dar “claves” para comprimir el conocimiento y experiencia más valiosos , con el fin de ahorrarnos a los demás tiempo y proceso de aprendizaje. Pues va a ser que no. Que sirve de muy poco o de nada. En última instancia, dichas claves habrán cumplido su cometido si por algún casual provocan que “se nos encienda” alguna bombilla que empiece a darnos luz sobre alguna de nuestras preocupaciones o problemas.

Acabo de hablar con una nueva y flamante mamá. Me relataba su experiencia con pasión, como no podía ser de otra manera, a cerca de percentiles, horas de sueño, lloros, cambio de roles, de identidad personal…Y tanto ha tirado del hilo, que hemos acabado hablando de LA EDUCACIÓN DE LOS NIÑOS (el suyo es niño) y DE LAS NIÑAS (las mías son niñas).

Da igual las veces que salga este “temazo” a relucir. Al final, después de mucho estudiar el tema y de unos cuantos años de experiencia, mi conocimiento y experiencia personal se pueden resumir en tres grandes ideas que llevadas a la práctica, no sólo construyen una sólida estructura educativa, sino que dan forma a la felicidad de mis hijas.

1.- AMOR A MANOS LLENAS

Pero así. A mogollón. Todo lo que nos nazca ofrecer y nos demanden. Nunca, nunca, he visto consecuencias negativas a esto. Caricias, besos, cosquillas, te quiero, te adoro, estoy orgullosa de ti…tienen unas consecuencias muy concretas: niños y niñas que se sienten amados, que saben que tienen y merecen un lugar en el mundo, con la autoestima (¡ay la autoestima!) en su sitio. Nunca he trabajado sesiones de coaching personal con clientes que mostraran queja por el afecto recibido…y sí muchos que buscan, infructuosamente, una perfección que nunca alcanzarán, porque nadie les dijo que ya lo eran, perfectos, sólo por haber nacido.

Una puntualización a las muestras de afecto: son niños, y merecen todo nuestro respeto. Yo soy muy cariñosa, pero no siempre me apetece que me abracen, ni me besen, ni lo recibo con agrado si es expresado de determinadas formas. Pues con los niños, igual.

2.- PONER LÍMITES

Una cosa es el amor, y otra dejar que hagan lo que les dé la gana. Un niño cuando nace, no sabe si chupar la escobilla del váter es algo malo, como tampoco tiene la menor idea de que en el mundo, a parte de su mamá (sobre todo su mamá), su papá y él, existen más personas. Y si lo sabe no le importa. Somos nosotros, sus mamás y sus papás, los que podemos y debemos enseñarles que no se pega a los demás, porque hace daño y eso no gusta (bueno, a Grey y compañía sí, pero eso es otra historia), y porque si él o ella lo hacen, con sus actos están legitimando que los demás lo hagan. La libertad no tiene (o no debería tener) más límites que el respeto a los demás y a uno mismo. R E S P E T O.

No somos sus amigos, somos sus padres, sus madres, y ellos, aún, no saben desenvolverse en el mundo, en la sociedad. Necesitan una guía, necesitan que se les faciliten las herramientas para que puedan A P R EN D E R. A vivir, a pensar, a sentir. Y luego ellos ya irán decidiendo y descubriéndose a sí mismos.

3.- AUNQUE DUELA: RESPONSABILIDAD

Qué orgullosa me siento de mis hijas y de mí misma, cuando me dicen otras personas (que no sean las abuelas) lo encantadoras, creativas, inteligentes, simpáticas, generosas…(cierro que se me empieza a caer la baba) que son. Por la parte que me toca, que el padre de las criaturas comparte conmigo este trabajo.

Pero cuando algo falla, porque falla, porque estamos A P R E N D I E N D O, porque nadie nace sabiéndolo y conociéndolo todo…ahí hay que dar el “do” de pecho. De la misma forma que me siento orgullosa y feliz por todo lo bueno que veo en ellas, me preocupo cuando veo algo que no me gusta. Intento conocer todas las versiones, PREGUNTO, ESCUCHO, RAZONO (con la cabeza y con el corazón), y tomo decisiones.  No pasa nada, todos somos humanos, las madres y padres también. Pero hay que tener el coraje y la valentía de aceptar que si tu hija dice tacos, quizá los ha escuchado de tu boca, que si no sabe responsabilizarse de sus deberes es porque tú se los haces, que si te pide un móvil con siete años es porque te ve a ti todo el día con él, que si tu hijo no sabe relacionarse con los compañeros de clase, es porque tus habilidades sociales dejan mucho que desear, que cuando grita y reacciona con violencia cuando no tiene lo que quiere y cuando lo quiere, es porque quizá no le enseñaste a tolerar la frustración y siempre se lo diste todo.

Esto tiene su aquél. Porque para qué nos vamos a engañar, resulta mucho más fácil pensar que de todo tiene la culpa (y en alguna ocasión pudiera ser) el profesor, los compañeros de clase, la ex-pareja, la televisión, la sociedad…Pero en general, no es así. Cómo decía la canción, no culpes a la noche, no culpes a la playa, no culpes a la lluvia…SERÁ QUE NO LE AMAS. Porque si le amas, con toda la grandeza de la palabra, hay que apechugar. Ya lo dice el refranero popular: “De tal palo, tal astilla”.

Y lo siento, pero le voy a llevar la contraria al B.O.E., a la Santa Sede y a Wert. Puede que esté equivocada, quizá dentro de veinte años piense, sienta y actúe de otra manera. Pero hoy por hoy, si algo tengo claro, es que la felicidad radica en en el corazón de uno mismo. Y de nosotros sólo depende. Cuando nos amamos a nosotros mismos, cuando en soledad no nos sentimos vacíos, cuando nuestro corazón se siente limpio, somos generosos, escuchamos, empatizamos…SOMOS FELICES. Y entonces, es cuando volcamos esa felicidad a los demás. Y cuando tu hija, tu hijo, se siente feliz, ayuda al compañero que se ha caído en el recreo, a levantarse, en lugar de ponerle otra zancadilla; comparte el bocata de jamón con quien se lo dejó en casa; se alegra por el sobresaliente de su compañero aunque él haya sacado notable; saca dinero de su hucha, para colaborar en la investigación de la enfermedad de Sanfilippo; y cuando hace alguna trastada (porque las hace, porque está A P R E N D I E N D O), siente en su interior que no lo ha hecho bien, y piensa cómo podría hacerlo mejor la próxima vez.

Está en nuestra mano su felicidad…y cambiar el mundo.

Yo acepto mi responsabilidad. ¿Alguien más?

¿Se encendió alguna bombilla?

Luchar o no luchar. He ahí la cuestión

(Del lat. luctāri).

1. intr. Dicho de dos personas: Contender a brazo partido.

2. intr. Pelear, combatir.

3. intr. Disputar, bregar, abrirse paso en la vida.

Esto dice de tan insigne verbo la RAE.

Los verbos, las palabras, al igual que las imágenes, las conversaciones…adquieren un significado bien distinto dependiendo de quien los dice, las ve, las escucha. Dependen del contexto, del tono y de la manera.

Desde que somos concebidos como seres humanos luchamos. Peleamos, combatimos contra fuerzas externas (e internas) por abrirnos paso a la vida.

En la mayoría de los casos lo fácil es no luchar. En muchas ocasiones, todos, incluso nosotros mismos, nos daremos argumentos para convencernos de ello. “Tienes mucho que perder”. “Ahórrate el mal trago”. “¿Estás segura de que merecerá la pena?”.

Como hace minutos acaba de promulgar una muy buena amiga y mejor persona: “No es dinero. Es dignidad. Y eso ni se compra ni se vende”.

Eso se defiende.

Poco queda de nosotros si desaparece la dignidad.

Nada que merezca la pena.

A mis queridas A. y S.

PROCRASTINACIÓN

La mayoría de veces lo hacemos en silencio. Nos decimos a nosotros mismos : “Mañana lo haré, de verdad que sí”. Y llega el día siguiente y no, no lo hacemos. Siempre surge algo más “importante”, alguna “urgencia”…y si no, buscamos excusas que nos susurra al oído el “enanito cabrón” que nos acompaña a todos: “con lo mal que has dormido hoy…¡date un respiro!” “madre mía cómo llueve, mejor lo dejas para otro día” “¡Bah, realmente, a quién le importa!”.

¿Qué es lo que realmente se esconde bajo esa dolorosa rutina de proponerse hacer un trabajo para otros, o para nosotros mismos, y dejarlo siempre para “más tarde”?. Básicamente estrés y/o exceso de perfección. Básicamente MIEDO. Miedo a no saber afrontar situaciones que no nos gustan, miedo a no hacerlo tan fabulosamente bien que seamos objeto de las críticas de amigos y enemigos. Pánico a no hacerlo en la mitad de tiempo que la media y el doble de mejor. Terror a que se destape nuestra incapacidad.

Son muchas las emociones que se esconden bajo quien procrastina. Cuanto antes las descubra, antes será capaz de poner remedio, de tratarlas y de solucionar “casi” definitivamente algo que es mal de muchos y consuelo de nadie.

Las MUJERES BOMBILLA que yo conozco, la verdad, no suelen procrastinar. Alguna vez dejan de hacer un power point o de poner una colada porque son humanas, y después de haberse levantado 12 veces durante la noche, de no haber encontrado sitio para aparcar y de que hayan sabido que ese aumento de sueldo que esperaban, este año tampoco va a llegar, tienen sobradas razones para demorar. Pero no hacen o demoran sus tareas por cansancio, por rebeldía…Pero no porque crean que no pueden. No porque no sepan lo bien que son capaces de hacerlo. No porque tengan miedo a poner límites a ciertos abusos. No porque no les guste lo que hacen. No porque tengan miedo.

Las MUJERES BOMBILLA que yo conozco cuentan hasta 3 y se ponen a ello. Saben que quizá no será perfecto, pero estará bien y en cualquier caso, mejor hacer algo que no hacer nada. Cuando sienten estrés lo identifican y buscan recursos para volver a equilibrarse: respiran hondo, escuchan su canción favorita, se apuntan a clases de baile o preparan una escapada con su pareja.

Tengo mucho que aprender de vosotras, MUJERES BOMBILLA.

Ayer estuve visionando “El peso y el espejo. David de Jorge”. Me pareció un reportaje interesante, bien realizado y apartado de cualquier frivolidad.

Me quedo con la frase “¿Fuerza de Voluntad? Yo no sé qué es eso, como tampoco sé qué es el espíritu santo”. O algo muy parecido dijo.

Adelgazar no es algo que requiera de fuerzas misteriosas. Para reducir grasa, cada cuál tiene su pauta y sus necesidades, pero sobre todo su motivación…y su momento. David de Jorge, durante el reportaje, hace referencia a algo sin duda esencial: encontró la motivación porque encontró el momento. Trabajó durante años rodeado, tal cual los llamó, de “vampiros”. Él trataba de contrarrestar el estrés que le generaban con su talón de Aquiles: la comida.

Resueltas las influencias vampíricas, y aupado por nuevas aspiraciones profesionales y sobre todo, apoyos personales, tomó la decisión de poner fin a aquello que más trabas le suponía para ser feliz. Y a fe que lo está consiguiendo. Lo ha conseguido.

No hay excusas. Si un hombre que pesaba 267,5 kilos lo ha logrado, todos podemos.

Pero seamos listas. Y listos. Busquemos el momento. Y los apoyos.

48

Nos son las horas contenidas en dos días. Bueno sí, eso también. Son los años que cumple hoy una de las personas más importantes en mi vida.

Si miro hacia atrás, muy hacia atrás, sólo parecen asomarse vagos recuerdos de una niña muy grande y casi tan risueña como impetuosa. Transformada ahora en una mujer madura en la que se comprimen valentía, asertividad, generosidad, inteligencia y corazón, casi a partes iguales, pienso que hace gala de una de mis más frases más manidas y certeras: “la altura de un ser humano no se mide en centímetros”.

Siempre le digo: “Tata, aunque no llevaras mi sangre , te hubiera querido igual”.

Aunque haya perdido el sentido del olfato, siempre quedará en mi recuerdo su olor…ese olor a limpio, cálido, dulce, suave…sólo las personas que tienen una luz especial pueden oler así de bien.

Si tuviera que atravesar el infierno y pudiera solicitar la compañía de alguien, ella sería la elegida. Es la Sacho Panza de todo Quijote, el asno de todo Shrek, el Watson de todo Holmes…mi cordura cuando anduve loca, mi sonrisa cuando estuve triste, el detonante de mis destellos de genialidad.

Para algunos se quedó en Rosita. Para mí, aunque fonéticamente suene “Rosi” cuando la llamo, de significado es mucho más que Rosa.

Gracias tata. Por todo. Te quiero.

“Pretty Woman” dos décadas después

Hará poco más de un mes grabé “Pretty Woman” para verla un viernes por la noche, acompañada de mi chico y de unas onzas de chocolate, como un magnífico plan de esos que reconfortan y alegran sólo pensarlo.

Y ahí estaba yo, veinte años después, con el mismo hombre al lado, dispuesta a disfrutar de la fantástica historia de amor entre Julia y Richard. A los pocos minutos de comenzar la película empecé a sentir…una extraña sensación. ¿De verdad era la misma película que me fascinó en los años mozos? ¿Tanto había cambiado yo, entonces, para que un mismo filme me pareciera una patética historia de aberración del género femenino?.

En esta ocasión, sólo pude ver a una prostituta cegada por el resplandor de un tipo guapo con mucha pasta que le colmaba de ropa chula y joyas carísimas.

Vale, es cierto, a quién no le gustaría hacer el amor sobre un piano de cola en una sala desierta con exquisita iluminación sin el riesgo de que una niña de cinco años te sorprenda en medio del acto diciendo que no tiene sueño. Pero nada más.

No quiero ni necesito que un tipo guapete y trajeado montado en limusina y blandiendo un paraguas y un ramo de flores suba hasta mi balcón (¡puf, menudo golpe!) para salvarme…¿de qué?. Quiero un chico que pase el aspirador, sepa que no tengo un buen día sólo mirarme la cara, y nadie tenga que recordarle el cumpleaños de su madre.

Y que sea él quien se levante a llevar a la niña de cinco años de vuelta a la cama.

Mujeres que dan (a) luz